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Bienvenidos y bienvenidas al vigésimo segundo número de La libretilla. El trece de febrero de 2019 se inauguró este proyecto, y con esta entrega comenzamos su segundo año. Nuestro objetivo es seguir el camino que comenzamos hace tantos meses; sin embargo, como la vida es la vida y todo cambia y una se adapta o muere, hemos decidido realizar algunos cambios. Las reseñas con sentimiento no van a desaparecer, y nuestra idea es mantener el formato newsletter.
Lo que vamos a cambiar es lo siguiente: la periodicidad de La libretilla, y el contenido de la misma. En vez de mandar los números cada dos semanas, hemos decidido bajar las entregas a una vez al mes. De esta forma, podremos tomarnos más tiempo en trabajar los textos, y aumentar el número de reseñas que habrá en cada libretilla.
También hemos decidido, siguiendo esta línea de pensamiento, añadir una sección nueva a la newsletter, que hemos dado en llamar La botica. Está pensada como una lista de recomendaciones breves, que no han de estar restringidas a lo literario, cada una acompañada de una pequeña receta o guía de aplicación. Como ya imaginaréis, no creemos ni en las recomendaciones ni en las reseñas descontextualizadas, en los top ten que se alzan como paradigma de la objetividad. Las cosas que os recomendaremos aquí son cosas que nos gustan por una o dos razones muy concretas, siempre personales y subjetivas.
Sin más dilación, os presento a las colaboraciones de este número. Hoy os escribe Victoria Mallorga sobre Queer City, de Peter Ackroyd, y la intersección entre historia, urbanismo y memoria queer. Carmen Suárez nos cuenta sobre La materia oscura, de Philip Pullman, y cómo hay historias que funcionan a todas las edades. Ishara Solís Rodríguez nos habla del Conan de Jason Aaron, Mahmud Asrar y Matthew Wilson, y de su flequillo. Y, finalmente, Lizara García escribe sobre Brokeback Mountain de Annie Proulx y de la literatura como espejo.
Logos e ilustración: Ishara Solís Rodriguez.
Leí Queer City, de Peter Ackroyd, entre playas y familia, mientras mi hermana estudiaba y yo, a mi propia manera, también. Siempre me ha interesado la historia queer, como las cartas de amor que se descubren décadas y décadas después de la muerte de un autor, destinadas a alguien de su mismo sexo, en un tiempo más fraguado de incertidumbre. Las historias de desencuentros, las fotografías de lesbianas en campos de arroz, posando, sonriendo, la transición del pueblo a la ciudad: vamos, los espacios comunes de la historia personal marica antes de que fueran espacios comunes. Queer City da en cada pulso de esa curiosidad, porque es un libro que es mitad chismorreo-de-tecito marica y comentario sobre la evolución de los múltiples nombres de la homosexualidad en Londres. Peter Ackroyd sujeta la historia y coloca una lupa sobre Londinium como espacio homosexual antes de ser ciudad, antes de los romanos, en la era que a veces se nos difumina con la leyenda, y la sigue hasta el 2018.
Así, pasa de los bárbaros a los romanos, de los romanos a los cristianos, de los cristianos a la moral protestante de la era victoriana, sin nada del aparato rígido de la academia sino a través de relatos sintomáticos de la comunidad gay en ese momento. Eso es lo que más me late: el rescate de figuras prominentes transgénero; el recordatorio de Wilde, mi amor de infancia, mi amor de siempre; y cómo la concepción de la homosexualidad ha variado de acto a identidad, pero siempre ha tenido un espacio de comunidad. Como dice el dicho, los maricas, como pingüinos, se arrejuntan. Ackroyd no se corta en describir las costumbres sexuales, los baños populares, los prostíbulos famosos del momento, no solo en el caso de la homosexualidad masculina, sino también la femenina. Explora los matrimonios de mujeres, donde una pretendía ser hombre en la ceremonia, los bares famosos durante la era victoriana, el discurso académico de la época (Havelock Ellis, besito volado), al punto que no deja piedra sin voltear. Me fascinan los libros de no-ficción que toman un tema de investigación y en vez de reducirse a las cifras y las definiciones oficiales, van a la historia social, a los periódicos de la época, a los chismes de salón en las cartas que intercambiaban los autores en ese momento.
La no-ficción tiene tanto potencial que, cuando un autor de buena pluma traza un espacio y lo imbuye de detalles humanos, tragedias pequeñas y dichas cotidianas, construye un espacio simbólico. Ya bastante se ha dicho sobre la personificación de las ciudades: algunas recordarán conmigo el tiempo en que París como persona estaba por todas partes en la ficción y la fan-ficción. Y, sin embargo, sin antropomorfizar a la ciudad, ni otorgarle una voz particular, Ackroyd ilumina espacios de Londres que llevan a una confrontación sensible. Frente a lo arbitrario y vacuo que puede ser el juicio humano, la arquitectura de la ley y el castigo, seguimos existiendo. La sola afirmación es un triunfo.
Victoria Mallorga (@cielosraros). Lima, 1995. Tauro, trickster, poeta. Ha dejado la enseñanza para estudiar Publishing & Writing en Emerson College. Adora la ficcion transformativa, la poesía del continente americano y lo marica. Edita Verboser y es asistente editorial de poesía en Redivider. Su primer libro de poesía, albion, salió en marzo 2019 con Alastor Editores.
Mi madre tenía una costumbre: apuntar en la anteportada la fecha en la que ese libro había llegado a nuestras manos. Así sé que Luces del norte, primer libro de la trilogía La materia oscura de Philip Pullman, me lo regalaron en 2001. Contaba yo con once años y la primera vez que intenté leérmelo no llegué al cuarto capítulo. Cuando finalmente le cogí el gusto, me leí de un tirón los tres libros, fascinada por esta historia que no es lo que esperaba, que sorprende por la evolución de su trama.
"La materia oscura" está contada principalmente desde el punto de vista de Lyra, una niña que vive en el St. Jordan, el college más prestigioso de Oxford. De su Oxford. Porque esta historia transcurre en un universo paralelo donde lo más destacable es que las personas poseen un daimonion. El daimonion es una extensión de la propia persona, que adopta la forma de un animal, que es una representación de su alma. Sin embargo, cuando uno es un niño, su daimonion no posee forma fija y puede ir cambiándola.
El daimonion de Lyra, al ser una niña, va cambiando según las circunstancias. Por ejemplo, se transforma en una mariposa nocturna cuando quieren pasar desapercibidos o en un león cuando quieren asustar. Actúa además como la voz de su conciencia, una más cauta que la propia niña, que es quien nos guía principalmente en esta historia. Es a través de los ojos de Lyra que vemos el mundo que la rodea, y no deja de fascinarme cuán distintas son las lecturas dependiendo de la edad.
Cuando tenía trece años leía desde su punto de vista, sin entender los mensajes más sutiles que iba dejando el autor. Y es que la historia que comienza en Luces del norte no es más que la entrada a una trilogía llena de símbolos, algunos más evidentes que otros. Por poner un ejemplo, en el primer libro suceden una serie de secuestros de niños. La primera vez que lo leí no pasé de esta información, pero ahora que los he leído de mayor me doy cuenta de que estos secuestros son de niños de minorías étnicas o de clases desfavorecidas. Las autoridades, además, no parecen muy inclinadas a resolver la situación. El autor lanza así un mensaje sobre cómo se comportan las autoridades.
La materia oscura es una trilogía que se comporta así, queriendo hablarnos de temas que escapan al análisis y la comprensión de Lyra. Pero al mismo tiempo permitiéndonos ver el punto de vista de la niña.
Y es que si bien nunca abandonamos del todo la visión inocente de Lyra, conforme avanzamos la trama se va complicando, se expanden nuestros horizontes y nos adentramos en una historia más seria, donde la simbología cobra más peso.
Luces del norte tiene una estructura de novela clásica de aventuras, casi infantil. Pero el lenguaje y el contenido van cambiando conforme avanzamos en los siguientes libros. Si el primero es una aventura clásica, el segundo, La daga, es un interludio. Es un espacio entre dos actos, con la historia más breve y que nos introduce a personajes importantes para el desarrollo del tercer libro. La daga es un alto en el camino necesario para que todas las piezas empiecen a encajar para el desenlace. Y este desenlace es El catalejo lacado.
El catalejo lacado es un libro donde nuestra vista se amplía. Ya no sólo seguimos a Lyra, sino a varios personajes cuyas historias se van entretejiendo, desarrollándose así una novela río que nos lleva a un final que no nos esperábamos cuando empezamos Luces del norte.
Encuentro El catalejo lacado el libro más denso y adulto de los tres. No sólo porque sea el más largo, sino porque el ritmo varía según sus narradores. Luces del norte es un libro que avanza sin casi pausa, sin darnos apenas un respiro. La daga actúa como interludio, pero también tiene su propia aventura. En ella, Lyra y un nuevo personaje, Will, se encuentran y juntos deben hacer frente a las dificultades que les vayan surgiendo. El catalejo lacado, por su parte, combina capítulos que nos ofrecen entornos más calmados con capítulos donde predomina la acción. Es un libro sobre descubrimientos de los que no voy a hablar porque no quiero destripar la trama a nadie.
Porque para mí La materia oscura es una de las mejores trilogías que he leído nunca. Me fascinó con trece años y me fascina con veintinueve. He descubierto algo nuevo con cada lectura, algo que no deja de parecerme un triunfo en cuanto a la voz narradora. Que una trilogía en principio pensada para niños avance en cuestión temática y simbólica sin sacrificar ese punto de vista es una muestra de habilidad escritora. Porque Pullman no deja de tratar temas complejos o serios, no los infantiliza: simplemente sabe cómo miran sus personajes el mundo. Y así además crea personajes únicos, a los que muchos todavía hoy recuerdo con cariño.
Tenéis que leer La materia oscura.
Carmen Suárez (@Saurrrez). Sevilla, 1990. Periodista que colabora en Eurogamer entre otros sitios. Habla mucho de videojuegos, pero si puede te da la turra con libros y cómics también.

Quería algo diferente a los tebeos europeos autobiográficos o los de superhéroes estadounidenses que había estado leyendo, y en esa tesitura me encontré las grapas de Conan el bárbaro (Jason Aaron, Mahmud Asrar, Matthew Wilson) entre las novedades de la tienda.
Me está gustando un montón Conan, con sus «inmensas melancolías y gozos inmensos» (literal de la primera página). Tiene fantasía y aventuras, bravuconadas machunas y escenas que te parten el corazón. Al fin y al cabo es una fantasía de poder masculina, pero ¿a quién no le gusta una buena y vieja fantasía de poder masculina? Aunque personalmente conecto muy bien con ellas y con todo lo guay que tienen, también me hacen muy consciente de mi posición social como mujer, y de que nunca seré «uno de los chicos». Y sí, muchas veces se pasan de machistas y me sacan de la historia, pero mientras me dejan fliparme a gusto con las espadas, las motos o las explosiones (lo que se tercie en cada caso) son una maravilla.
Conan tiene origen en los relatos y novelas pulp escritas por Robert E. Howard (el primero se publicó en 1932), quien desde el principio traza un universo dividido entre la civilización y la barbarie. Lo curioso es que Conan -el bárbaro- es un personaje bastante más avanzado desde el punto de vista actual que los ciudadanos supuestamente civilizados que se burlan de su origen salvaje. Las gentes de las ciudades son mezquinas, esclavistas y traicioneras, y Conan las detesta profundamente. Él en cambio es una especie de nihilista que no considera que nadie sea inferior más que por sus capacidades de combate, y trata con respeto a prostitutas, mendigos y prisioneros.
Estos dos conceptos que caracterizan Conan (la fantasía de poder y la dicotomía civilización/barbarie) para mí confluyen en un elemento visual que me trae loca: su flequillo. Como personaje que ha perdurado a lo largo de las décadas, el diseño de su peinado ha cambiado en diferentes etapas, en ésta, la más reciente, han decidido volver a esta estética que Frank Frazetta o John Buscema le dieron anteriormente. Y yo lo celebro. En este universo de monstruos y brujas, de espadas, lanzas y rudos luchadores con pectorales al aire, Conan, el más rudo de todos, lleva flequillo. Conan, «el cimmerio, de cabellos morenos, mirada hosca, espada en mano, ladrón, saqueador, asesino», lleva flequillo. Y el flequillo, ese prodigio, es como un aviso de que, ojo, los códigos que se están manejando aquí son otros. Sí, es una fantasía de poder masculina, pero no va a ser el mismo rollo de machito que te gusta, José Luis. Aquí respetamos a las mujeres y llevamos peinados que tú, con tu masculinidad significativamente más frágil, considerarías ridículos y afeminados. Ese flequillo simboliza un universo alternativo o un tiempo pasado en el que los valores y la masculinidad de Conan distan mucho a los que José Luis se piensa que tiene que tener un Hombre™.
Como decía antes, las fantasías de poder masculinas apelan a mi sentido de la maravilla y cuanto más inocentes y honestas son, más las disfruto. Y de alguna manera este peinado, que puede parecer extraño y rompe con la estética varonil actual, me parece un guiño a esa manera de entenderlas.
Ishara Solís Rodríguez (@isharasr) Oviedo, 1989. Dibujante y fanzinera. Licenciada en Bellas Artes. Es la mitad de Ediciones Excreciones y ha ilustrado el libro F de feminismos. Le encantan la ciencia ficción, los cómics y el arte contemporáneo.
Me pasa cada febrero, un poco después de mi cumpleaños, cuando empieza a asomar la primavera pero todavía hay que recogerse en casa con una taza caliente en la mano en cuanto se pone el sol. Como un solsticio, nunca hay una fecha fija, pero el hecho parece ser inevitable, y un año tras otro vuelvo a buscar «the new yorker brokeback mountain». Alguien, hace tiempo, me recriminaba con regularidad insidiosa lo cursi que soy; todavía tengo que amordazar a esa voz si quiero hablar de este relato de Annie Proulx, «Brokeback Mountain», cuya adaptación cinematográfica sobrevuela la conciencia colectiva como el súmmum de lo cursi.
Es curioso, porque el estilo del relato es a veces lacónico, a veces brusco, siempre contenido. La primera vez que lo leí, en el instituto, cada frase me pareció un clavo en la madera: concisa y directa, como un golpe seco. No lo entendí. Aún así, una línea, «and he would wake sometimes in grief, sometimes with the old sense of joy and release; the pillow sometimes wet, sometimes the sheets», me rondó bastantes años la cabeza, supongo que por encapsular una tristeza incomprensible a los quince años: una tristeza inexpresable y profunda a la vez que ordinaria, embarazosamente humana, recurrente como despertar por la mañana, descolorida por la exposición a otros sentimientos. A los veintiséis sigo sólo imaginándola, pero, como otras cosas de este relato, sospecho que cobrará sentido en una curva determinada de la carretera, otro día de otra primavera.
El relato es siempre el mismo. Al llamarme la atención algunas frases, recuerdo que ya me fascinaron otras veces: cuando Ennis es feliz sin saber por qué y siente que «he could paw the white out of the moon», una luz brevísima en un relato que se oxida, que pierde el color como una postal antigua. El relato es siempre el mismo, pero yo no soy la misma (incluso soy menos cursi), y no he vivido grandes tragedias, pero ya sé leer las pequeñas. «Brokeback Mountain» es un paisaje de pinceladas de desilusión, de qué hubiera pasado, de ya no vale la pena; lo que me parecía en el instituto una historia de amor, ahora es una radiografía del desasosiego. «Like vast clouds of steam from thermal springs in winter the years of things unsaid and now unsayable—admissions, declarations, shames, guilts, fears—rose around them», o, en fin, la esencia cotidiana de una relación. El camino es el mismo, pero yo lo cruzo con ojos un poco distintos y veo sombras nuevas en las montañas. Yo he dicho esas palabras, yo las he pensado, yo he arremetido con ellas, yo las he escuchado, yo me las he callado.
Al final y por casualidad he terminado tratando a este pobre relato de Proulx como una especie de diario, un palimpsesto personal en el que leo mis preocupaciones pasadas y descubro las presentes. Hace dos años el quid de la cuestión parecía ser la esperanza inagotable y desoladora de Jack, sospechosamente parecida al autoengaño. Este febrero, la historia que se cuenta es la de dos personas que poco a poco descubren que su único instante de felicidad ocurrió hace mucho tiempo, sin que ellos se dieran cuenta de que así era. Aún así, Proulx escribió este cuento a los 62 años. Me asusta un poco pensar de qué irá la historia en febrero de dos mil cincuenta, qué riscos ocultos hay en los senderos, con qué se tropieza uno cuando se funde la nieve en las montañas.
Lizara García (@aint_nograve). Alto Aragón, 1994. Era feliz vendiendo libros, pero ahora estudia literatura en la Universidad de Illinois. La personalidad de Rachel Weisz en La momia (1999) con el pelo de Brendan Fraser en La momia (1999).
L A B O T I C A
Lizara: “Late Fragment” de Raymond Carver, para cuando el mundo parece un poco absurdo.
María (Bonete): Dancing In the Dark, de Lucy Dacus (versión de Bruce Springsteen), porque a veces una necesita sentirse la protagonista de una película en la que todo acaba bien.
Ishara: Clarence, serie de dibujos de Skyler Page divertidísima que puedes ver en Netflix con un bol de cereales un sábado por la mañana que estés blandita. Añado: el doblaje es muy bueno.
Vic: Heart Like a Window, Mouth Like a Cliff de Sara Borja, por si les gusta llorar y pensar en lo volátil que son las relaciones familiares durante un domingo en la tarde.
Os recuerdo que estáis leyendo el vigésimo segundo número de La libretilla,
donde la reseña y el sentir cosas se meten mano.
Os veremos el mes que viene.
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